El coste de la formación en liderazgo no es lo que pagas. Es lo que no puedes demostrar.

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Ningún director financiero rechaza la partida de desarrollo de liderazgo porque sea cara. La rechaza, o la recorta en silencio, porque es la única línea del presupuesto que se defiende con anécdotas.

Ventas tiene pipeline. Operaciones tiene mermas. Marketing tiene coste de adquisición. Desarrollo tiene un 4,6 sobre 5 en la encuesta de satisfacción y a un jefe de equipo que dice que aquello le cambió la forma de trabajar.

No es que la formación no funcione. Es que nadie sabe decir en qué medida funcionó, y esa frase, en un comité de dirección, se parece demasiado a “no lo sabemos”.

La partida que se aprueba por fe

Casi todas las organizaciones evalúan la formación con los mismos dos indicadores: cuánta gente asistió y qué puntuación le dio.

Los dos miden lo mismo, y no es lo que parece. Miden la experiencia dentro de la sala. Miden si el formador era bueno, si el café estaba caliente y si el contenido resultó estimulante en el momento de recibirlo.

Ninguno de los dos dice nada sobre el primer martes con un problema encima.

Y ahí es donde se juega el dinero. Una formación puede generar comprensión, reflexión e incluso intención de cambio, y aun así no llegar a la conducta. Cuando vuelven las prioridades, los correos, la presión y los conflictos, el cerebro recupera sus automatismos. A ese espacio entre saber qué hacer y hacerlo cuando importa se le llama brecha de transferencia, y es donde se evapora la inversión sin que aparezca en ningún informe.

El problema para un CFO no es filosófico. Es que está firmando una renovación anual sobre un resultado que nadie ha medido.

Qué se puede medir en lugar de la asistencia

La alternativa no es medir mejor la satisfacción. Es cambiar de objeto.

En lugar de preguntar qué aprendió una persona, se observa qué hizo. No en un examen ni en un rol-play: en situaciones reales de su semana, de forma sostenida, durante meses después de la formación.

Eso produce indicadores que sí se comportan como métricas de negocio. Tienen serie temporal, tienen línea base, suben y bajan, y se pueden comparar entre trimestres.

Estos son los que estamos siguiendo en una implementación real:

  • Con qué frecuencia una persona se bloquea ante un conflicto en lugar de abordarlo.
  • Con qué frecuencia responde en automático, sin consciencia de estar eligiendo.
  • Si describe lo que ocurrió o directamente su interpretación de lo que ocurrió.
  • Si sitúa la causa fuera de sí misma.
  • Si reconoce conductas concretas en otros o solo afinidad personal.

Ninguno de estos es un dato blando. Cada uno describe algo que ocurre o no ocurre en una reunión, en una conversación difícil o en una decisión bajo presión.

Trece semanas de datos reales

Los datos que siguen proceden de un piloto en curso en una compañía de retail. Participan 92 personas: toda la estructura de liderazgo y las oficinas, de dirección a administración. Cada semana, cada participante se autoevalúa sobre una situación real que le tocó vivir. El programa dura 16 semanas y hay 13 cerradas.

Comparando el primer mes con el último mes completo:

Bloquearse ante el conflicto cayó un 58%. Del 19% al 8% de las autoevaluaciones. En una organización donde el reflejo era callarse y dejar pasar, ese es el indicador que más se ha movido.

Evolución semanal del bloqueo ante el conflicto: del 19% al 8% en trece semanas

Responder en automático cayó un 31%.

Ponerse en víctima cayó un 22%.

Atenerse a los hechos subió un 17%.

Pero hay un dato que explica mejor que ninguno lo que está ocurriendo. En el primer mes, en el 23% de las autoevaluaciones la interpretación pesaba más que los hechos. En el último, en el 12%. Se ha reducido casi a la mitad.

No dejaron de interpretar. Eso no lo hace nadie. Dejaron de que la interpretación fuera lo primero. Y cuando el hecho va por delante de la interpretación, una conversación difícil se vuelve posible: se discute lo que pasó y no lo que cada uno se imagina que pasó.

Hay un segundo movimiento, menos visible y con consecuencias operativas directas. Los reconocimientos entre compañeros dejaron de quedarse dentro del propio departamento: del 60% al 48%. La gente empezó a mirar fuera de su área, y algo hacia arriba.

Lo que estos datos no demuestran

Aquí es donde la mayoría de los proveedores de formación se detienen y presentan una gráfica ascendente. Merece la pena hacer lo contrario.

Esto muestra patrones, no causalidad. Los datos longitudinales permiten observar cómo evoluciona una conducta a lo largo del tiempo. No permiten demostrar que el programa la provocó. No hay grupo de control. Cualquiera que le presente una relación causa-efecto con este tipo de diseño le está vendiendo algo.

Y no todo sube. Una de las semanas analizadas la disposición declarada cayó al 53% y el bloqueo repuntó. La siguiente volvió al 78% con el bloqueo en su mínimo del programa. El cambio conductual no es lineal, y una gráfica que sube limpia semana tras semana casi siempre está midiendo la voluntad de agradar del que responde, no su conducta.

El autoliderazgo es lo más lento. Desactivar un automatismo es relativamente rápido. Construir la capacidad de elegir conscientemente la respuesta apenas ha mejorado un 7% en trece semanas. Es el indicador “más terco” y no tenemos intención de disimularlo.

Lo que sí puede afirmarse es esto: hace tres meses estas conductas eran invisibles para la organización. Hoy se miden cada semana, con situación y fecha.

Cuatro preguntas antes de firmar la próxima renovación

Si usted aprueba la partida de desarrollo, estas cuatro preguntas separan a un proveedor de formación de un proveedor de transferencia. Puede hacerlas en quince minutos.

1. ¿Qué indicador conductual me van a entregar y con qué periodicidad? Si la respuesta incluye las palabras satisfacción, asistencia o NPS, la respuesta es que ninguno.

2. ¿Cuál es la línea base? Sin medición previa, cualquier resultado posterior es una afirmación, no un dato.

3. ¿Qué ocurre entre la semana 4 y la semana 16? Ahí es donde se pierde la inversión. Si el acompañamiento termina el último día del aula, está comprando una experiencia, no un cambio.

4. ¿Me van a enseñar también las semanas malas? Un proveedor que solo presenta mejoras está seleccionando los datos que le convienen. Pídalo por escrito antes de firmar.

Y una nota que suele pasarse por alto en la conversación financiera: en España, la formación bonificable a través de FUNDAE reduce el coste efectivo de la partida, pero no mejora en absoluto su medición. Bonificar una formación que no transfiere sigue siendo gastar menos en el mismo resultado.

De la conversación anecdótica a la conversación medible

La pregunta que su comité de dirección hará el próximo enero no va a ser cuántas personas completaron el programa.

Va a ser qué está ocurriendo ahora en la conducta cotidiana de esas personas. Y esa pregunta solo tiene dos respuestas posibles: un conjunto de indicadores o una historia bien contada.

Si su organización ha invertido en desarrollo de liderazgo y todavía no puede responder la primera versión, el problema no es el programa que contrató. Es que nadie está mirando lo que ocurre después.


Vea cómo funciona la medición

Solicitar una consultoría inicial de 30 minutos: le mostramos el sistema de indicadores completo y los datos reales de este piloto. Sin propuesta comercial en esa llamada.

Si prefiere entender antes el funcionamiento: cómo hacemos visible la conducta después de la formación.

Y si lo que necesita es la línea base previa, el punto de partida es el Estudio NeuroConducta.


Preguntas frecuentes

¿Se puede calcular el ROI de la formación en liderazgo? En sentido financiero estricto, casi nunca, porque aislar el efecto de un programa formativo sobre un resultado de negocio exige un diseño experimental que las empresas no suelen poder permitirse. Lo que sí puede medirse con rigor es el paso intermedio: si la conducta cambia y si el cambio se sostiene. Sin ese eslabón, cualquier cálculo de retorno es una estimación construida sobre supuestos.

¿Qué es la brecha de transferencia? Es la distancia entre lo que una persona aprende en una formación y lo que efectivamente hace cuando vuelve a su puesto y aparecen la presión, los conflictos y los hábitos previos. Es el punto donde se pierde la mayor parte de la inversión en desarrollo.

¿Cuánto tarda en verse un cambio de conducta? En los datos de este piloto, los primeros movimientos aparecen entre la cuarta y la sexta semana, y no de forma lineal: hay recaídas. Los indicadores más lentos, como la capacidad de elegir conscientemente la respuesta, apenas se mueven en tres meses.

¿Esto es una evaluación del desempeño? No. Se observan conductas, no personas, y el propósito es dar visibilidad a la transferencia, no calificar a nadie. Confundir ambas cosas destruye la fiabilidad de los datos, porque quien se siente evaluado responde lo que conviene.

Quedo a su disposición.

Héctor Puche.

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